La pava diablo
Cuentan en San José del Quinche que, por los páramos altos, a veces aparece una pava hermosa, de plumas brillosas como el sol cuando se posa sobre el tabloncito. Dicen que le gusta jugar a las cogidas con la gente buena, no para hacerles daño, sino para probar si el corazón es ligero o pesado.
Un día, María Estela, que venía cansada de su jornada, vio a la pava parada junto a una sequía. Movía las alas suavecito, como quien invita a jugar. María Estela rió, y sin pensarlo, fue tras ella: subió entre pajonales, saltó piedras, cruzó charquitos. La pava se dejaba ver y se escondía, como niña traviesa. Cuando por fin descansó en una sequía pequeña, María Estela se acercó y ¡zas!, la pava se sumergió y desapareció.
—¡Ah, qué pava más viva! —dijo ella riendo—.
Pero cuando volvió a mirar, allá entre los pajonales vio su cola tornasol. Se fue despacito y esta vez sí la alcanzó. La llevó feliz a su casa, la puso en el patio y le habló como si fuera su hija:
—Aquí te vas a quedar conmigo, mi pava linda.
Esa noche soñó con las montañas, los ríos y los trenes viejos. Soñó que el viento la mecía y que la pava le hablaba con voz dulce:
—No me encierres, ñañita, que yo soy del páramo y tengo que volar.
Al despertar, María Estela sintió el pecho apretado. Llamaron a la curandera, quien llegó con su rebozo color tierra.
—Esa pava es del cerro, espíritu del agua es —dijo—. No es malo, pero no se deja tener.
Entonces hizo una limpia con flores del campo, tres cuyes —uno blanco, uno negro y uno pinto—, y una muñequita de trapo que representaba el alma de María Estela. Los familiares cocinaron la pava, compartieron su carne con cariño, y llevaron un cuy a la montaña como ofrenda.
Cuando regresaron, María Estela ya estaba despierta, tomando agüita de cedrón. Sonrió y dijo:
—Soñé que la pava volaba alto, bien alto, y me dejó una pluma en el corazón.
Desde entonces, los niños de San José dicen que cuando el viento sopla sobre el Tablón, la pava vuelve a jugar entre los pajonales. Si la ves, no corras ni la atrapes, solo salúdale:
—Alli shuk pawa, mamita del páramo.
Y ella, contenta, te dejará pasar con suerte y alegría.